viernes, 17 de diciembre de 2010

EL SUEÑO


Es difícil calcular el tiempo. Creo que sonará en diez minutos. Llegué a casa a las cinco. He llegado a las cinco. Iba a desenchufar el despertador pero, en un alarde de madurez, decidí no hacerlo. He decidido. No es madurez; sólo quiero quedar bien. Necesito hacerme un hueco, creo. Tengo que levantarme a las nueve. Ducharme, beberme un zumo, vestirme, conducir hasta el centro, recoger a George, llevarlo al aeropuerto, tomarme algo en la cafetería y volver a casa a dormir hasta la cena. Yo diría que me he tirado una hora despierto debido a la cocaína. Esa última raya en el portal me ha jodido vivo. Y habré dormido dos horas, así que me queda una. Pero, si en lugar de una hora despierto, ha sido hora y media y si, en lugar de dos horas han sido las que sean, es probable que no me quede nada. Sonará cuando esté a punto de conciliar el sueño otra vez, estoy convencido. Podría levantarme ahora, me digo. Venga. Un esfuerzo. Salgo de la cama. Todo se menea. Tengo la garganta inflamada y me duele la cabeza. Este país es ridículo; puedes conseguir de todo, dicen, pero no tienen alka-seltzer. Qué asco de gente. No estoy donde creo estar. Sigo en la cama. Todo ha sido un simulacro, una jugarreta. Venga. Ahora sí, me giro y descubro una enorme vomitona en el suelo, junto a la cama. La sorteo como puedo y trato de pensar en cualquier otra cosa para ahogar la náusea. Una arcada. Mi padre ha salido. Es sábado. No trabaja hoy. Llegó al salón, me echo en el sofá y dejo de pensar en él, que haga lo que quiera. Enciendo la cadena. No hay cd. No soy capaz de buscar uno, de elegir ninguno. Cierro los ojos y me planteo apagar el móvil, dejar plantado a George y pasarme el día hecho una bola, aquí mismo. Pero no estoy en el sofá. No estoy en el salón. Sigo en la cama. Definitivamente, esto tiene que acabar. En enero. Se terminó el año sabático. Volveré a Londres con mamá. El viejo es un desastre, no me entiende. Buscaré trabajo. Venderé seguros, como mi primo. Venga. Me levanto. Todo está limpió. No vomité. No he vomitado. Cruzo el pasillo mirándome los pies descalzos. Me quito los calzoncillos, abro el grifo del agua caliente y me siento en la taza. Cago mientras se llena la bañera. Sólido. Me levanto. Ojos, bien. Pelo mostoso. Cierro el grifo. Me arrodillo y meto la mano en el agua. Está fría. Caliente por arriba. Envuelto en silencio, no soy capaz de decidir si estoy soñando. Venga. Nada de drogas por una temporada. Vuelvo a ponerme los calzoncillos, pantalones sucios, camiseta limpia. Salgo a la calle. Buen día. Sol. Son casi las diez. En coche no llegaré a tiempo. Dentro del garaje me entra el pánico. Estoy ciego. Cierro los ojos, con fuerza, y trato de gritar. Quiero correr. Pasa un vecino, ese australiano diota que trabaja en Kuala Lumpur. No lo saludo. Quito la cadena y arranco la moto. Conduzco. No oigo nada, salvo un leve pitido, a lo lejos, dentro de mí. Todo parece suceder diez veces más despacio. Llego a la urbanización. George sonríe, así que imagino que vamos bien de tiempo, pero no dice nada; monta detrás, algo serio, y deduzco que no tan bien como quisiéramos. Quisiera. Es raro George. He cagado pero no he meado, pienso. Imagino que bajo de la moto, saco la polla y orino junto a la valla, pero una vez, recuerdo, hice algo así y me desperté totalmente empapado. Tenía dieciocho años. Mojé la cama hace dos años. No quiero que me pase de nuevo. No en casa de mi padre. Venga. Arranco. Cruzo una avenida y me sitúo a un lado, junto a un camión, para coger la salida a la autopista. Hay que tener cuidado, esta panda de imbéciles no tiene la más mínima idea de conducir civilizadamente. Dicho y hecho, una furgoneta ha frenado en seco. Creo que el camión nos ha dado en un costado. He perdido a George. Choco contra una farola. O un semáforo. Golpeo otro vehículo y un retrovisor me da en la cara, haciéndome perder el control. Heineken, un parachoques y me deslizo durante cinco segundos, así que calculo cien metros. Puede que cincuenta. Suspiro. Pienso en George y lo veo pasar. Tiene prisa. Perderá el avión si no se larga. Venga. Me duele la cabeza. Suena una sirena. No puede ser una ambulancia. No ha pasado un minuto desde el accidente. Es el despertador. Debería tomar una decisión. Me quedo en casa. Que se pille un taxi. No es el despertador. Mierda. No es el despertador. No es el despertador. No es el despertador.


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aquí.

Publicado originalmente en Roncando en el Nostromo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

te pasas veinte pueblos, colega.